La memoria de un soldado de
verdad no se borra con el paso de los años; se asienta en la piel como las
cicatrices de la maleza. En el año 1994, entre el primero de junio y el treinta
de octubre, el destino del suboficial “Diego” estuvo marcado por cinco meses de
despliegue ininterrumpido en la Base Contrasubversiva del distrito de Agua
Blanca, en la provincia de El Dorado, departamento de San Martín. Eran tiempos
donde la selva alta respiraba peligro y los reportes del Servicio de
Inteligencia alertaban con insistencia sobre la presencia de columnas armadas
del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso atrincheradas en las alturas
del sector Mina de Sal.
Con la misión clara de
neutralizar la amenaza mediante emboscadas y patrullajes de reconocimiento, la
patrulla contrasubversiva se internó en el monte en dos oportunidades. Al mando
de la fuerza se encontraba un oficial comando, un teniente del Ejército que
operaba bajo el seudónimo de "Marte". Bajo sus órdenes marchaban
cuarenta hombres de tropa del Servicio Militar Obligatorio: soldados nativos,
hombres nacidos en la propia Amazonía que conocían el secreto de cada árbol y
la profundidad de cada quebrada. El itinerario de combate los llevó a cruzar a
pie firme el sector Mina de Sal, las zonas del distrito de Pasarraya, San
Francisco, el Centro Poblado Mayor de Rejis, el imponente cerro Sica Sica,
Fausa Sapina, Fausa Lamista, Santa Rosa y los indómitos sectores del distrito
de Alto Saposoa, en la provincia de Huallaga.
El teniente "Marte"
era un hombre temperamental, un oficial de primera línea tocado por la paranoia
y la genialidad que imprime la guerra en la mente de los comandos. Solía
comentar con gravedad que un antiguo técnico de comunicaciones del Ejército se
había pasado a las filas subversivas y, conociendo los códigos castrenses, se
dedicaba a interceptar las comunicaciones de la red de Alta Frecuencia (HF) de
las patrullas operativas. Con ese argumento, "Marte" ordenó que el
suboficial “Diego” se trasladara de inmediato a la base militar del distrito de
San José de Sisa para ejecutar un mantenimiento preventivo de urgencia a los
equipos de radio y orientar con precisión la antena dipolo del equipo de radio
Thomson TRC-340.
Durante los siete días que
duró aquel trabajo técnico especializado en San José de Sisa, el personal de
tropa compartía en voz baja las excentricidades del oficial comando. Los
muchachos de la selva contaban que, al caer la noche profunda, el teniente salía
a los servicios higiénicos del base completamente armado, con el fusil FAL en
la mano y el dedo en el disparador, listo para repeler un ataque sorpresa. Hubo
madrugadas en las que incluso se le vio caminar por el recinto cargando un
lanzacohetes RPG al hombro, en un estado de alerta perpetua que solo entienden
quienes han sentido de cerca el aliento del enemigo oculto en la oscuridad de
la selva.
Aquellos sucesos, que hoy se leen como anécdotas y recuerdos de un tiempo memorable, representan la verdadera historia de una juventud entregada a la patria, marchando por trochas invisibles y cruzando ríos profundos a la caza de la subversión. Hoy, con los años encima y las condecoraciones bien ganadas, el suboficial “Diego” contempla el presente desde la distancia de su retiro. Mira al Ejército actual, gobernado por modernas normas de escritorio y corrección política, y no puede evitar sonreír con nostalgia y orgullo por aquellos viejos hechos del ayer. El tiempo puede ser ingrato con los hombres, pero los ríos de San Martín y el eco de las radios HF Thomson en la inmensidad del monte guardarán para siempre el paso de los verdaderos soldados de la nación de próximo QRX.

En la segunda semana de
octubre de 1994, la patrulla recibió la orden de marchar hacia el sector más
peligroso del sur de Agua Blanca. Allí se alzaba una cadena de montañas
imponente y empinada, coronada por una mina de sal que los pobladores locales
explotaban para su consumo. Era un territorio de geografía hostil, cubierto por
una vegetación densa y surcado por trochas ancestrales que los combatientes de
Sendero Luminoso utilizaban como rutas de tránsito. Los informes de
inteligencia eran categóricos: una columna subversiva operaba en las alturas.
Para el despliegue, la patrulla de cuarenta soldados del Servicio Militar
Obligatorio fue reforzada por cinco ronderos civiles del pueblo, hombres recios
que cargaban a la espalda las municiones de reserva, las granadas y las
provisiones, armados apenas con sus escopetas de caza.
Al iniciar el ascenso, el
suboficial “Diego” asumió la responsabilidad más peligrosa de la patrulla:
marchar como hombre en punta. Avanzaba cien metros adelante de los grupos de
asalto, abriendo camino en la densa maleza, seguido a solo diez metros por un
sargento segundo. Ser el hombre en punta en la selva significa caminar con la
muerte al hombro. En ese terreno sinuoso, el suboficial avanza y marcha en
absoluta desventaja; el adversario, agazapado en una posición defensiva, cuenta
con cubierta y abrigo, observando todo sin ser visto. Un francotirador enemigo
apostado estratégicamente en esas cumbres no falla; elimina su objetivo en
cuestión de segundos. El encuentro inopinado es la norma, y el primero en caer
siempre es el que abre la marcha. A pesar de su fortaleza física, las piernas
del suboficial flaqueaban ante la pendiente interminable. El cansancio
entumecía sus músculos, pero la mente se mantenía tensa, alerta al menor
crujido de las ramas. Superando el desgaste y el miedo, lideró el ascenso hasta
que, gracias a Dios, los cuarenta y siete hombres coronaron la cumbre más alta
sin novedad.
A las 14:30 horas, la patrulla
ocupó una loma protegida por árboles gigantescos para recuperar el aliento.
Mientras los soldados descansaban, los ronderos se internaron brevemente en el
monte y, con la destreza propia de los hombres de la selva, cazaron cuatro
paujiles, aquellas aves negras de cresta vistosa y pico rojo que asemejan a un
pavo silvestre. En pocos minutos los pelaron y los prepararon a la brasa sobre
las brasas ocultas. Con esa carne fresca, la patrulla entera se alimentó,
compartiendo un momento de camaradería bajo un sol que aún entibiaba la tarde.
Decidieron pasar la noche en
la cima, protegidos por el dosel de la selva. Improvisaron refugios tendiendo
ramas sobre el suelo y cubriéndose con plásticos que hacían las veces de
ponchos de jebe. Sin embargo, a la una de la mañana, el cielo de San Martín se
rompió. Un diluvio torrencial, una cortina de agua imparable, cayó sobre la
cumbre destruyendo las frágiles hojas de árboles. En menos de cinco minutos,
con los uniformes completamente empapados, los hombres de la patrulla se
pusieron de pie en medio de la oscuridad. Aseguraron las mochilas y cubrieron
los cañones de los fusiles con bolsas de plástico para proteger los mecanismos
del agua. La orden fue iniciar el descenso inmediato por una trocha angosta que
corría al borde de acantilados profundos, con abismos de más de mil metros que
caían hacia el distrito de Pasarraya, en el Alto Saposoa.
La oscuridad era absoluta. Los
manuales de táctica redactados en los escritorios de Lima prohibían
estrictamente encender luces para no delatar la posición ante el enemigo. Pero
en el fango de la realidad, aquellas normas mediocres se rompieron por instinto
de supervivencia. De no haber sido por los haces de las linternas de mano,
muchos soldados habrían rodado hacia el vacío, hacia abismos donde el rescate
de los restos habría sido imposible. Con los plásticos protegiendo las
mochilas, la columna avanzó a un ritmo lento, guardando una distancia de medio
metro entre hombre y hombre.
El terreno se había convertido
en una trampa resbaladiza donde corría el agua, rodaban piedras y los inmensos
árboles caídos se cruzaban como obstáculos de una pista de combate real. En
esas condiciones extremas, sin ponchos de jebe reglamentarios ni un bolsón de
primeros auxilios para atender un accidente, el oficial arengó a la tropa en
plena marcha. Recordó las crudas palabras del instructor Gamboa en La ciudad
y los perros, aquella frase que todo soldado peruano lleva grabada en el
alma: "El arma nunca debe caer al suelo. Es preferible romperse la cara
antes que soltar el fusil. Para el soldado, el arma es tan importante como sus
propios huevos. ¿Usted cuida mucho sus huevos, soldado?". Con esa
misma advertencia, transmitida de viva voz bajo la tormenta, los muchachos
aseguraron los correajes y apuntaron los cañones hacia abajo para evitar que se
inundaran.
Paso a paso, aferrados a su armamento y desafiando al barro y al abismo, la patrulla avanzó en la noche. Eran hombres de hierro formados en el rigor de un Ejército que no conocía de concesiones, cumpliendo la misión en el límite de la vida y la muerte, donde el fusil y el honor eran lo único que quedaba en pie.
las seis de la mañana, la patrulla
inició el descenso final. El agotamiento y el hambre mordían el estómago de los
cuarenta y siete hombres. Al cruzar una chacra de la zona, la desesperación
pudo más que la prudencia; varios soldados se arrojaron sobre unas plantaciones
de piña verde. Las comieron con ansias, ignorando el rigor del fruto ácido que
a los pocos minutos les provocó un doloroso sangrado en la lengua. Nadie se
quejó; el hambre de campaña no era para poca cosa.
Continuaron la marcha cuesta
abajo y, exactamente a las 07:45 horas, el imponente terreno se abrió para
mostrar el lado este del distrito de Pasarraya. El hermoso valle amaneció
envuelto en una densa neblina que abrazaba la selva baja, mientras a lo lejos
se escuchaba el rugir sordo, amenazante y turbulento del río Saposoa, una
barrera de agua que los separaba de su destino.
En medio de la densa
vegetación, la patrulla descubrió dos casas rústicas con techos de hojas de
plátano. El lugar estaba desierto. Los ocupantes, presuntos narcotraficantes,
habían escapado precipitadamente ante la inminente llegada de la patrulla del
Ejército, dejando atrás un enorme cargamento de hojas de coca en proceso de
secado, tres sacos de arroz de primera calidad y quince gallos de pelea en sus
corrales. Aquella mañana, los animales se convirtieron en el sustento de la
tropa. Todos los gallos terminaron en las ollas de campaña. Tras el suculento
banquete con caldo de gallo, los cinco ronderos civiles, habiendo cumplido con
creces su misión, se despidieron para emprender el retorno a Agua Blanca.
La patrulla descansó el resto
del día en el inmueble abandonado para recuperar las fuerzas tras el brutal
desgaste físico. Al caer la noche, la alerta se mantuvo al máximo: nadie se
quitó el uniforme ni los borceguíes. A las dos de la mañana, el silencio de la
selva fue roto por el zumbido de un motor aéreo. Una avioneta apareció de la
nada, sobrevolando el valle en círculos concéntricos mientras iluminaba el
terreno con potentes reflectores. No había dudas: era un vuelo del
narcotráfico.
Bajo una oscuridad total, el
teniente "Marte" ordenó formar de inmediato. La patrulla se desplazó
a paso largo a través de una trocha barrosa y cubierta por el monte con
dirección al aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis. Al llegar a
la orilla del Saposoa, el panorama era desolador. Debido al diluvio de la
madrugada anterior, el río bajaba crecido, turbulento y con una fuerza interna
imponente. En un pequeño puerto natural encontraron una precaria balsa
fabricada con troncos de madera de topa. Sin pensarlo dos veces,
"Marte" amarró una soga de sesenta metros a la embarcación y,
completamente uniformado y armado, se lanzó al agua turbulenta. Nadó en la
negrura absoluta hasta alcanzar la orilla opuesta, desde donde aseguró la línea
y ordenó el cruce.
Los clases y soldados del
Servicio Militar Obligatorio, legítimos hijos de la selva y expertos nadadores,
cruzaron el río de cinco en cinco, flotando sin titubeos con el uniforme puesto
en un tramo de sesenta metros de oscuridad. Mis respetos para esa tropa de la
selva.
El suboficial “Diego” se quedó
en la orilla inicial junto a ocho soldados, con la misión de asegurar el equipo
pesado sobre la balsa de topa. Mientras los muchachos amarraban con fuerza los
fusiles, las mochilas, la ametralladora MAG, el lanzacohetes RPG y el pesado
equipo de radio Thomson TRC 340, el pánico se apoderó de la mente del suboficial.
El miedo humano, aquel que no entiende de grados ni galones, le oprimía el
pecho. “Son más de sesenta metros en la oscuridad más absoluta”, se
repetía a sí mismo. Casi se orina de miedo en ese instante de desesperación.
Tratando de buscar un asidero
de valor, su memoria viajó en el tiempo. Recordó sus años de adolescente,
cuando nadaba más de cien metros en la profunda represa de la hacienda agrícola
Santa Rosa en Sayán, al norte de Lima; evocó también los remolinos traicioneros
del río Pallar en Huamachuco, donde se sumergía junto a sus amigos de infancia.
Aquellos recuerdos llegaron como un acicate para el espíritu, pero la realidad
era ingrata: los años habían pasado y el entrenamiento básico de piscina de
veinticinco metros que da el cuartel no servía para enfrentar la furia de un
río amazónico en tinieblas. Pensó en subirse a la balsa sobre el armamento,
pero la vergüenza ante sus subordinados fue mayor que el temor. Un superior
jamás justifica el miedo ante la tropa.
Cuatro soldados se colocaron a
cada lado de la topa para custodiar el cargamento. Desde la otra orilla, la voz
de "Marte" ordenó el paso y el grueso de la tropa comenzó a jalar la
soga con fuerza colosal. En un acto de pura desesperación, el suboficial “Diego”
se arrojó al agua turbulento, se colgó de la retaguardia de la balsa y aferró
sus manos a una soga gruesa entre las crucetas de la madera. No la soltó por
nada del mundo. El río los arrastró mientras la tropa tiraba desde el otro lado
de la orilla.
Cuando la balsa encalló en el
barro de la ribera opuesta, la confusión de la noche impidió que lo vieran
salir de inmediato debido a la estrechez del desembarcadero y la oscuridad.
—¿Dónde está el suboficial? ¿Dónde está el suboficial? —gritó alarmado el
teniente "Marte" en la oscuridad.
El suboficial emergió del
lodo, respirando agitado, pero con el honor intacto. Con el uniforme empapado,
el grupo recuperó sus mochilas y armamento. Sin perder un minuto, el suboficial
volvió a ocupar su puesto de peligro: marchó nuevamente como hombre en punta.
Bajo una caminata forzada por un camino hostil y cubierto de fango, la patrulla
rompió filas en el aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis a las
06:40 de la mañana. No hallaron rastro de la aeronave. Los presuntos narcos
habían escapado.
Aquel desplazamiento nocturno había sido un error táctico tremendo, una orden arriesgada en los límites de la imprudencia. Pero el destino no se equivoca; por alguna misteriosa razón el río perdonó la vida de sus hombres, permitiendo que hoy, décadas después, el suboficial “Diego” pueda sentarse frente al papel a rescatar del olvido los días en que el valor y el acero se forjaban en la oscuridad de la selva peruana.
La marcha de aquellos ocho
días fue una vuelta completa a un infierno verde que abarcó Mina de Sal,
Pasarraya, Rejis, San Francisco, Fausa Lamista, Fausa Sapina y Santa Rosa. Pero
fue en el descenso del imponente Cerro Sica Sica donde la patrulla chocó de
frente con la cruda realidad del circuito del narcotráfico que financiaba la
subversión. En medio de la espesura, los cuarenta y siete hombres sorprendieron
un campamento clandestino de cocaleros en plena actividad. Tres pozas de
maceración rebosaban de hojas de coca mezcladas con queroseno y otros insumos
químicos para la elaboración de pasta básica de cocaína.
La jefa del negocio era una
mujer de contextura gruesa, natural del departamento de Piura, al igual que la
mayoría de sus peones. Al verse acorralada por los fusiles del Ejército, la
astuta piurana intentó "arreglar" la situación apelando al viejo
recurso del soborno. Afirmó que no tenía dinero en efectivo porque, según su
versión, el personal de tropa le había robado seiscientos dólares americanos
durante el registro de las chozas. Ante la gravedad de la acusación, el
suboficial “Diego” ordenó formar de inmediato a toda la tropa en una línea
perfecta para que la mujer identificara al presunto ladrón. La señora caminó
lentamente delante de los soldados, mirándolos de cerca uno por uno, pero su
artimaña se desmoronó ante la falta de pruebas; solo atinaba a repetir con
nerviosismo: "Uno de ellos ha sido, uno de ellos ha sido...".
Al descubrirse la falsedad del
reclamo y ante las amenazas verbales que comenzó a lanzar la mujer, el teniente
"Marte" ordenó prender fuego a las tres pozas de maceración. El humo
negro y espeso se elevó sobre el dosel de la selva mientras se procedía a la
detención de diecinueve personas: la jefa piurana —quien cargaba en brazos a un
bebé de un año—, tres mujeres trabajadoras también con hijos menores, y quince
peones agrícolas. El traslado de semejante columna humana a través del monte se
convirtió en una procesión penosa. Los detenidos marchaban a pie cargando sus
propias mochilas, bidones, ollas y platos. Los niños lloraban por el cansancio
y las mujeres sufrían el rigor de las trochas resbaladizas. Esa tarde llegaron
a un centro poblado mayor cuyo nombre el tiempo ha borrado de la memoria; los
diecinueve prisioneros pasaron la noche bajo estricta custodia cerrados en el
local comunal, mostrando rostros sombríos donde se adivinaba el peso del
arrepentimiento.
Al día siguiente, a las seis
de la mañana y con el estómago vacío por la falta de rancho, la patrulla y los
civiles reiniciaron la extenuante caminata. Nueve horas después, a las 15:00
horas, el grupo alcanzó exhausto el cruce de la carretera entre Santa Rosa y
Fausa Lamista. Las mujeres con sus hijos en brazos ya no podían dar un paso
más. El suboficial “Diego”, haciendo gala de la iniciativa y la autoridad que
el uniforme imponía en aquellos años de emergencia, tomó a dos sargentos y
avanzó a paso ligero hasta el paradero del distrito de Santa Rosa. Allí divisó
cuatro camionetas 4x4 y quedaron requisados.
Con paso firme y rostro
adusto, el suboficial intervino a los choferes solicitando de inmediato sus
documentos de identidad y los del vehículo. Era una táctica de presión; en
aquellos tiempos de guerra interna, la presencia militar inspiraba un respeto
absoluto y los civiles obedecían las órdenes sin murmullos ni dilaciones.
—Síganme al cruce. Tenemos personal herido y niños que no pueden caminar. En la
Base Contrasubversiva de Agua Blanca les devuelvo todos sus documentos —ordenó
el suboficial con voz de mando.
Los conductores acataron en
silencio. Las cuatro camionetas llegaron al cruce vial, donde se embarcó
rápidamente a la patrulla, a los quince peones y a las mujeres con sus hijos.
Gracias a esa requisa temporal de transporte, la misión concluyó con éxito esa
misma tarde al ingresar los vehículos por el portón de la Base de Agua Blanca.
Cumpliendo la palabra empeñada, el suboficial devolvió las pertenencias a los
cuatro choferes, quienes se retiraron de la base sin contratiempos. Al amanecer
del noveno día, los diecinueve detenidos fueron puestos a disposición de la
Fiscalía en la ciudad de Tarapoto, bajo la custodia de otros efectivos cuyos
seudónimos la neblina del tiempo ha terminado por ocultar.
El suboficial “Diego” cierra hoy su bitácora de memorias, pidiendo disculpas si el paso implacable de los años ha alterado alguna palabra o el orden exacto de los nombres en esta crónica. Las trochas de San Martín, los abismos de Pasarraya, las aguas del Saposoa y el humo de las pozas del cerro Sica Sica quedan registrados no solo en estos párrafos, sino en la historia oficial de un país que se mantuvo en pie gracias al sudor y al coraje de sus hombres de armas.



Soy Manuel Javier Alva. Lo que Usted cuenta respecto a la "aceitada" no es verdad y afecta mi honor y buena reputaacion. Es necesrio se rectifique inmediatamente, de lo contrario haré la defensa de mi honor y buena reputacion por medios legales.
ResponderBorrarAtte. Manuel Javier Alva, tf: 995607777
Me rectifico en esta parte de mis narraciones, ha sido un error impremeditado, no ha sido mi intención de mellar su buena reputación y mucho menos su honor, mas al contrario yo siempre he admirado a usted como persona y oficial, en aquellos tiempos el suscrito en dos oportunidades bajo su comando formé como parte de la patrulla de la Base Contrasubversiva del distrito de Agua Blanca, provincia de "El Dorado"; lo que sucede es que mis manuscritos que los plasmé en el mismo lugar de los hechos por los años transcurridos se encontraban con las letras despintadas e ilegibles induciéndome a error, los 30 negativos de las fotografías también se malograron debido al tiempo transcurrido. Reitero a usted mis disculpas, atte. El autor.
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