Teatro de Operaciones: Las Punas de Huancaspata, provincia de Pataz.-Febrero de 1993 entró rugiendo
con lluvias torrenciales en la sierra norte del Perú. El 8 de aquel mes, bajo
un cielo de tarde plomizo y ligera llovizna, una columna de veinte combatientes de la
fuerza principal del PCP Sendero Luminoso, incursionó
con violencia en el distrito de Huancaspata, en la provincia de Pataz. Llegaron armados en su mayoría con fusiles AKM y FAL, y algunos portaban retrocargas
antiguas. Al caer la noche, reunieron a los pobladores en la plaza de armas
para someterlos a discursos de propaganda política y adoctrinamiento. Antes de
replegarse, saquearon la municipalidad: se llevaron un televisor a color, un
mimeógrafo y destruyeron la antena parabólica. No contentos con ello, robaron
también un equipo de radio de Alta Frecuencia de las religiosas españolas que
asistían a la iglesia del pueblo.
La respuesta militar no tardó en ejecutar la operación. El 6 de marzo, a las dieciséis y cuarenta horas, el Capitán «Águila», jefe de la Base Contrasubversiva N° 323 en Tayabamba, recibió un radiograma urgente desde el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco. El Servicio de Inteligencia alertaba sobre un inminente Paro Armado que los subversivos del PCP Sendero Luminoso pretendían ejecutar en el distrito de Huancaspata entre los días 7, 8 y 9 de marzo. Sin perder un minuto, a las diecinueve y cuarenta y cinco horas, el capitán me citó para encomendarme una misión crucial: organizar y equipar a la Patrulla "Huascarán" para realizar un patrulla ofensivo de combate, conformada por veinte hombres de Tropa SMO, y estar listos para marchar a pie hacia la zona de conflicto. La distancia a pie entre Tayabamba y Huancaspata es de 69 kilómetros de marcha a pie siguiendo la ruta más directa. Este trayecto toma aproximadamente 15 horas y 35 minutos de caminata continua sin contar paradas.
La mañana del 7 de marzo amaneció encapotada. Después de un desayuno miserable —apenas una taza de avena
y un trozo de pan—, la patrulla «Huascarán» se puso bajo mi mando. Íbamos
fuertemente armados para repeler cualquier emboscada: fusiles FAL, un lanzacohetes
RPG con cinco granadas, una ametralladora MAG, granadas de mano y de fusil, y
un transmisor-receptor Thomson TRC372 para mantener el cordón umbilical con la
base y con el Centro de Comunicaciones de la 32a División de Infantería con sede en la ciudad de Trujillo. Así iniciamos el largo desplazamiento a pie hacia el distrito de Huancaspata.
Salimos de la base militar
ganando las partes altas de Tayabamba. Mientras el sudor me corría por la
frente, miraba la inmensidad del paisaje y me preguntaba en silencio: «¿Dónde
diablos quedará el distrito de Huancaspata?». La subida parecía
interminable. Fatigados y jadeantes, levantábamos la cabeza de rato en rato
solo para comprobar que la cumbre seguía lejos; la distancia era suficiente
para acobardar a cualquiera, pero nos sosteníamos a puro moral. Con el último
aliento de esa primera jornada llegamos a la cima del primer cerro. Nos
sentamos media hora a recuperar el aire, contemplando desde la altura la
silueta urbana de Tayabamba, que ya se desvanecía a lo lejos.
Reiniciamos la marcha, siempre
en ascenso. El paisaje cambió drásticamente: aparecieron los pajonales de ichu
y la vegetación achaparrada de la puna. De pronto, la neblina nos envolvió en
su manto blanco y una lluvia fina empezó a calarnos los huesos. Cruzamos un
tramo semiplano y bajamos hacia un riachuelo de aguas cristalinas, solo para
toparnos de frente con el coloso de la ruta: el cerro más alto de todos.
En aquella pendiente, las
piernas ya no respondían. El cansancio y la fatiga se transformaron en un dolor
físico insoportable, y el hambre nos atacó con todos sus rigores. El hambre en
el frente no perdona. Al no contar con rancho frío, nos vimos obligados a
buscar sustento en la naturaleza. Pegados al suelo, hallamos unas plantas que
daban un fruto redondo y rojizo del tamaño de un frijol, de sabor dulce; y en
las grietas de los pequeños farallones de piedra encontramos la «chupta», un
fruto verde y diminuto. Comiendo lo que la madre tierra nos ofrecía, logramos
engañar al estómago. En esa ruta nos faltó de todo: no teníamos ponchos de jebe
para protegernos del agua, ni raciones de combate, ni un bolsón básico de
primeros auxilios.
Las exigencias de la marcha
forzada cobraron sus primeras bajas. Los soldados Acuña y Sánchez Ríos cayeron
víctimas del soroche, azotados por dolores de cabeza punzantes y arcadas de
vómito. Extenuados y con los uniformes empapados por la lluvia, coronamos
finalmente la cumbre más alta, a más de 4,500 metros sobre el nivel del mar.
Soportamos el frío helado durante quince minutos de descanso. Allí, la
providencia nos envió a un campesino viajero que, compadecido de nuestro
estado, nos regaló medio kilo de maíz cancha; lo repartimos grano por grano
para aplacar la necesidad.
Desde ese techo del mundo, el
sendero hacia Huancaspata se convirtió en una bajada pronunciada. Al flanco
izquierdo del camino divisamos una laguna gris. A los pocos metros,
semienterrados en el fango, encontramos el televisor a color y el mimeógrafo
que los senderistas habían robado un mes atrás. Los aparatos estaban
destrozados, mudos testigos de la huida de la columna subversiva, que
presumiblemente los había abandonado para aligerar el peso ante la persecución
militar.
Tras una jornada extenuante, a
las dieciocho y treinta horas de una tarde nublada y bajo una persistente
llovizna, la patrulla «Huascarán» entró por fin en el distrito de Huancaspata.
Llegamos famélicos y con la humedad calada hasta los uniformes. No había tiempo
para descansar; el peligro de una emboscada era latente. De inmediato, ordené a
los soldados tomar posiciones de seguridad en las cuatro esquinas de la pequeña
plaza de armas, con la consigna estricta de abrir fuego si la seguridad de la
patrulla se veía comprometida.
En mi condición de jefe de
patrulla, me adentré en las calles empedradas escoltado por dos sargentos. El
panorama era desolador: las viviendas tenían las puertas cerradas a cal y canto
y un silencio sepulcral dominaba el ambiente. Tocamos varias puertas buscando
rastros de las autoridades locales, pero solo obtuvimos negativas temerosas
desde el interior. La casa del alcalde lucía un candado enorme, el gobernador
había desaparecido y nadie se atrevía a dar razón de ellos.
Ante el muro de silencio,
ordené detener a un poblador que caminaba apresurado por las inmediaciones. Al
principio, el hombre, aterrorizado, fingió demencia y se negó a hablar, pero
tras presionarlo con la firmeza del uniforme, terminó por ceder. Nos señaló una
calle estrecha donde se ocultaba el encargado de la Municipalidad. Envié de
inmediato a dos soldados a irrumpir en el inmueble.
Diez minutos después, el señor
Salazar se presentó ante mí, pálido y nervioso.
—El señor alcalde se fue a la
ciudad de Trujillo por miedo a los senderistas —manifestó con la voz
entrecortada.
Confirmamos que el gobernador y el juez de paz también habían huido, dejando al pueblo a su suerte. Tras dialogar con Salazar y hacerle entender que veníamos a protegerlos, le solicité alojamiento y alimentación para mis veinte soldados. El funcionario aceptó de inmediato. Rompiendo el cerco del miedo, la patrulla «Huascarán» tomó posesión de una instalación dentro del cuadrante bajo de la plaza mayor, listos para asegurar el territorio frente al anunciado paro armado.
Cánticos en la noche y falsas
alarmas.- Después de una cena providencial gestionada por el señor
Salazar, el primer turno de la guardia asumió su responsabilidad. Eran las
veintiuna horas de una noche cerrada y fría. Con los uniformes todavía húmedos
y los músculos entumecidos por el viaje, los soldados se desplegaron en parejas
hacia las esquinas estratégicas de la plaza de armas de Huancaspata. Seis
hombres quedaron como vigías y un sargento asumió el control de la ronda.
En la inmensidad del silencio
andino, el sueño es un enemigo tan letal como una emboscada. Para mantenerse
alerta y hacer notar la presencia del Estado ante los ojos invisibles que
vigilaban desde las sombras, los centinelas idearon un cántico de trinchera.
Cada diez minutos, una voz rompía la oscuridad y las demás respondían en un eco
marcial:
—¡Para el Perú la gloria, para
los senderistas la muerte! ¡Que viva el Perú, carajo! ¡Puesto de vigilancia
Número Uno, sin novedad! ¡Puesto de vigilancia Número Dos, canta en tu puesto!
—¡Puesto de vigilancia Número
Dos, sin novedad! ¡Puesto de vigilancia Número Tres, canta en tu puesto!
Así, de boca en boca, el santo
y seña recorrió la plaza durante los tres turnos de la madrugada. Esa es la
verdadera vida del soldado en patrullaje: un estado de alerta perenne donde no
se duerme y la preocupación te carcome las entrañas. Muchas veces nos tocó
pasar hambre porque los campesinos se negaban a apoyarnos por terror a las
represalias de Sendero, o simplemente porque carecían de provisiones para ellos
mismos. En esta Guerra Interna fuimos una carga constante para esos hombres y
mujeres humildes del ande, quienes, despojándose de lo poco que tenían, nos
ofrecieron un plato de comida y un techo donde guarecerse. En aquellos años
difíciles, solo el soldado caminó por las altas punas, soportando el anochecer
y el amanecer helado, entregando la juventud por una sociedad que siempre luchó
por su libertad.
La mañana del 8 de marzo,
aprovechando una tregua del clima, busqué al señor Salazar. Tenía la firme
intención de sembrar una semilla de resistencia en el pueblo.
—Señor Salazar, tenemos que
organizar un Comité de Auto Defensa. Una ronda que proteja el pueblo cuando
nosotros no estemos —le propuse de frente.
El encargado de la
municipalidad suspiró, mirando con desconfianza hacia la plaza.
—Jefe, a esta gente es difícil
organizarla porque le tienen un miedo terrible a los senderistas —me confesó
con desaliento—. Si el Ejército apoya juntamente con la Policía Nacional, tal
vez se logre algo.
Le sugerí que todas las
autoridades locales se apersonaran a la Base Contrasubversiva de Tayabamba para
realizar las coordinaciones y armar las rondas. Asentió con la cabeza, pero el
miedo calaba más hondo que las palabras: pasaron los meses y nadie se presentó
jamás.
El peligro real pareció tocar
a la puerta el 9 de marzo, a las once de la mañana. Bajo un cielo nublado, un
adolescente de unos quince años, un muchacho gordito y de tez trigueña, se
acercó nervioso al inmueble donde pernoctaba la patrulla.
—Jefe —me dijo en un murmullo,
buscando mi mirada—, ayer mi papá llegó desde el distrito de Santiago de
Challas. En las alturas, cerca de Huancaspata, ha visto a unos ochenta hombres
emponchados y bien armados. Dice mi papá que es muy posible que les ataquen
esta misma noche.
El rumor encendió las alarmas.
De inmediato, ordené intervenir a todo civil que pretendiera ingresar al
pueblo. Los interrogué uno a uno; algunos confirmaron haber visto un movimiento
inusual de hombres en la zona alta, pero ninguno se atrevía a asegurar si
portaban fusiles. Ante la inminencia de un asalto a la base provisional, tomé
previsiones esa misma tarde: ordené ejecutar el mantenimiento preventivo de
todo el armamento y las municiones. Los fusiles FAL y la ametralladora MAG
quedaron limpios y listos para marchar.
La patrulla entera permaneció en alerta máxima, con el dedo en el disparador y los ojos clavados en los accesos de la plaza. Sin embargo, la noche transcurrió en un silencio sepulcral, casi irreal. Las horas pasaron entre la neblina y, finalmente, amanecimos sin novedad, devolviéndole el alma al cuerpo a una patrulla que ya había aprendido a convivir con el fantasma de la muerte.
El laberinto blanco de la puna.
-La
mañana del 10 de marzo de 1993 amaneció sepultada bajo un manto espeso de
nubes. Eran las seis de la mañana en Huancaspata y la tensión se respiraba en
el aire húmedo. Analizando la situación con mis sargentos, llegamos a una
conclusión sombría: los subversivos sabían que debíamos replegarnos hacia
Tayabamba y lo más probable era que nos estuvieran aguardando en los pasos
altos para tendernos una emboscada. En la guerra contrasubversiva, esperar el
golpe es una sentencia de muerte. Decidimos salir a buscarlos. Con la mente
fija en el combate, ordené el ascenso hacia la puna con la misión de capturar o
destruir a la columna del PCP Sendero Luminoso.
Organicé la marcha bajo la
estricta doctrina de desplazamiento en terreno hostil. Nombré a dos soldados
como elementos en punta, quienes avanzaban cien metros por delante del grueso
de la patrulla para tantear el peligro. Detrás marchaba el grupo de asalto y
cerraban la columna otros dos soldados en la seguridad de retaguardia.
Avanzamos en un silencio absoluto, con el dedo en el disparador y los ojos
clavados en la penumbra.
A medida que ganábamos altura,
la neblina empezó a cerrarse como una trampa y una intensa nevada cayó sobre
nosotros. Al llegar a la puna, la visibilidad se redujo drásticamente a unos
escasos quince metros. En medio de aquella tormenta helada, decidimos
parapetarnos en una lomada. Permanecimos agazapados durante media hora,
barriendo el paisaje con los binoculares cada vez que el viento abría un
resquicio de claridad en la niebla. De pronto, el lente captó movimiento: en un
cerro situado a unos mil quinientos metros de altitud, divisé a dos individuos
emponchados que avanzaban rumbo al noreste. Detrás de ellos comenzó a brotar
una columna táctica perfecta, guardando una distancia de cinco metros de hombre
a hombre. Conté noventa y dos personas en total, la mayoría cubiertas con
plásticos azules para protegerse de la tempestad.
La distancia en línea recta
era de dos mil metros. Sabía que debíamos medir sus intenciones. Alcé mi fusil
FAL "mochito" y ejecuté dos disparos al aire. La respuesta fue
inmediata: desde las entrañas de la neblina llegaron el eco y el estallido de
dos disparos de fusil que nos apuntaban directamente. El enfrentamiento era
inminente.
—¡Carrera, carajo! ¡Antes de
que nos ganen el paso! —ordené en un susurro enérgico.
Corrimos con el alma en un
hilo sobre un terreno semiplano que se había transformado en un pantano por la
nevada. Nuestro objetivo era ganar el único sendero que cruzaba bajo los
farallones de piedra antes de que ellos lo ocuparan y nos cortaran la retirada.
La neblina era nuestra única aliada; nos ocultaba de la vista del enemigo, pero
no de sus balas. En aquella carrera desesperada de dos kilómetros, el lodo
traicionero hizo caer a varios soldados. Las bocas de los fusiles se enterraban
en el fango, obligándonos a limpiarlas sobre la marcha. Tras superar una última
pendiente, ocupamos la posición elegida. Nos arrojamos al suelo húmedo,
permaneciendo inmóviles y en total silencio durante diez minutos, esperando el
asalto.
De pronto, un jirón de neblina
se disipó. Un hombre que llevaba un plástico azul amarrado a la espalda
apareció frente a nuestras posiciones. Al descubrir a la patrulla agazapada, el
individuo abrió los ojos con terror, dio media vuelta y huyó a toda velocidad,
perdiéndose en la espesura de la blancura.
—¡Fuego de disuasión! —ordené.
El primer hombre en punta
rompió el silencio disparando ráfagas cortas de su FAL hacia la niebla. El
segundo soldado, buscando provocar un impacto psicológico, lanzó una granada de
fusil Strin. La detonación fue brutal; un trueno ensordecedor golpeó los
farallones y rebotó en los cerros que nos rodeaban. Luego, un silencio
sepulcral volvió a adueñarse de la puna. Para evitar una desgracia o un fuego
cruzado entre nuestras propias fuerzas debido a la nula visibilidad, ordené a
toda la patrulla congelar sus posiciones y mantenerse en la postura de tirador
arrodillado.
Pasamos cuarenta minutos bajo
la nieve, empapados desde la cabeza hasta los pies, tiritando de frío, pero con
la adrenalina al tope. No se escuchaba nada. En un breve concilio con mis
sargentos, coordinamos la salida de la zona; el riesgo de quedar atrapados en
los desfiladeros del norte seguía siendo muy alto.
Justo cuando nos disponíamos a
movernos, la niebla se abrió ligeramente hacia el norte. Sobre una pequeña
elevación, apareció la silueta de un hombre civil con los brazos en alto, en
señal de rendición. Escoltado por dos sargentos, me aproximé con el fusil en
guardia. Al verme llegar, el hombre empezó a gritar con desesperación:
—¡Jefe, no disparen! ¡Soy
licenciado del Ejército, por favor no disparen!
—¿Qué haces aquí solo? —le
recriminé, encarándolo con dureza.
—No estoy solo, jefe. Vengo al
mando de ochenta y cinco hombres —contestó con la voz temblorosa.
El licenciado nos guio a la
vuelta del cerro y la sorpresa que nos llevamos fue mayúscula. En una hondonada
que servía de refugio contra el viento helado, a más de 4,800 metros sobre el
nivel del mar, encontramos a una masa de campesinos sentados en el suelo. Para
soportar los rigores de la puna, habían chacchado ingentes cantidades de hoja
de coca y bebido alcohol puro; todos presentaban síntomas de embriaguez. El
lugar estaba lleno de ollas, carpas improvisadas, plásticos y frazadas, lo que
demostraba que llevaban al menos dos noches pernoctando en ese páramo.
—¿Quién los ha traído aquí?
—les interrogué con severidad.
—Unos quince desconocidos que
vinieron de la selva —respondió uno de los comuneros—. Nos obligaron bajo
amenaza a juntarnos en este cerro para una reunión.
—¿Una reunión? ¿Qué clase de
reunión se hace en esta puna deshabitada y congelada? —les increpé, sintiendo
cómo la indignación me subía por el pecho—. ¿Acaso no saben que Sendero
Luminoso ha decretado un paro armado en Huancaspata, o es que ustedes también
son parte de ellos?
Conforme los ánimos se
calmaron, los campesinos me explicaron que aquellos quince mandos subversivos
habían coaccionado a dos comunidades distintas para concentrarse en la altura.
Los misteriosos hombres armados que lideraban el grupo de la otra comunidad
eran, precisamente, los mismos a los que nosotros les habíamos disparado media
hora antes en medio de la neblina.
Miré a la multitud de hombres
ebrios y asustados, y luego contemplé el campamento improvisado. Por un
momento, la lógica fría de la guerra pasó por mi mente: pensé en incautar todas
sus pertenencias como evidencia y buscar armas que bien podían estar escondidas
en las cumbres. Una parte de mí, dominada por la tensión de la jornada,
consideró desnudarlos y meterles látigo para obligarlos a confesar la verdad.
Eran las bestialidades comunes que reinaban en las cabezas de muchos
combatientes en aquellos años de violencia.
Sin embargo, me detuve. Miré sus rostros curtidos por el frío, sus manos agrietadas por la labranza y sus ojos llenos de terror. Yo también era un hijo del campo. Llevaba en mis venas la sangre andina de Ancash y entendía perfectamente el desamparo de las comunidades atrapadas entre dos fuegos. Medité la situación en silencio, tragué saliva y decidí no cometer la crueldad que el impulso me dictaba. Aquella tarde en la puna, la humanidad del soldado de escuela se impuso sobre la barbarie de la guerra.
El veredicto de la niebla y las manos limpias.- Mientras la neblina seguía lamiendo las cumbres, a pocos metros de donde interrogaba a los comuneros, el sargento operador de comunicaciones trabajaba contra el tiempo. Había desplegado la antena dipolo ANT 104 a ras del suelo, orientándola en dirección a la costa. Con las manos entumecidas por el frío de los 4,800 metros de altitud, logró encender el equipo de radio francés Thomson TRC 372 y enganchar la frecuencia. La emoción le ganó el pulso: informó de inmediato al Centro de Comunicaciones de la 32ª División de Infantería, en Trujillo, que la patrulla «Huascarán» acababa de sostener un enfrentamiento armado con las huestes de PCP Sendero Luminoso y que teníamos bajo custodia a ochenta y cinco prisioneros.
La noticia cayó como una bomba
en el cuartel general. En Trujillo, el jefe del Centro de Comunicaciones, el
Técnico de Tercera Víctor Ávila Carrasco, congeló de inmediato la orden de
despegue de un helicóptero artillado; antes de enviar la fuerza de asalto, el
mando exigía hablar directamente conmigo.
—Mi suboficial —me dijo el
operador, extendiéndome el combinado microtelefónico con ojos desencajados—,
desde Trujillo quieren un QSO con usted. Carácter Óscar Papa. Urgente.
Tomé el auricular. Entre la
estática de la alta frecuencia y el rumor de otras conversaciones de fondo, la
voz del oficial de Estado Mayor me solicitó las coordenadas exactas para soltar
un helicóptero de combate con veinte hombres de refuerzo. Me planté firme bajo
la nevada y hablé con la verdad del terreno:
—En Huancaspata las huestes
del PCP Sendero Luminoso decretaron un paro armado y la patrulla «Huascarán»
bajo mi mando se desplazó a esta zona para combatirlos. En el único camino de
herradura, más de noventa hombres intentaron cerrarnos el paso. Dentro de la
densa neblina hemos ejecutado disparos en ráfaga y presumo que todos han
escapado; no hemos visto muertos ni heridos en el sector. Al continuar hacia el
norte, dentro de una hoyada, hemos capturado a ochenta y cinco campesinos que
manifiestan haber sido convocados bajo amenaza por un grupo de quince mandos
subversivos procedentes de la selva. No tienen armas de ningún tipo. Solicito
autorización al G-3 operaciones para conducirlos detenidos a la Base Militar de Tayabamba
para su respectivo interrogatorio.
La respuesta desde Trujillo
llegó sin titubeos, amparada en la comodidad del papeleo de la costa:
—Si no tienen armas, déjalos
libres. Repito: déjalos libres.
No hubo autorización para el
traslado. Acatando la orden superior, liberé a los comuneros. Reorganicé a mis
veinte soldados y emprendimos el largo y fatigoso camino de retorno hacia
Tayabamba. La tarde avanzaba devorada por una lluvia implacable. Con los
uniformes empapados y el hambre mordiéndonos el estómago, caminamos largas
horas por las escarpadas punas. En el trayecto nos cruzamos con la tercera
patrulla, una columna de veinte hombres al mando del suboficial a quien
apodaban «Burro» Rentería, reforzada por seis efectivos de la Policía Nacional
que salían en nuestro auxilio. Someramente le conté lo sucedido en las alturas
de Huancaspata: «Por disposición del G-3 operativo de la División de
Trujillo, los campesinos han quedado libres», le dije, y continué la
marcha.
Entramos a la base de
Tayabamba a las dieciocho horas. De forma verbal y directa, le informé al
Capitán «Águila» de todas las ocurrencias del patrullaje, y luego me senté a
redactar el informe escrito. Es el mismo documento que transcribo hoy, después
de veintitrés años, como un fragmento vivo de la historia de lo que nos tocó
padecer en las épocas del terrorismo en el Perú. Tras la tormenta, la rutina
del cuartel pareció restablecerse: instrucción teórica de subversión por las
mañanas, mantenimiento de armamento y, por las tardes, reñidos partidos de
fulbito contra los policías de la zona.
Sin embargo, la paz en el
frente es un espejismo. El 16 de marzo, a las quince horas, uno de los soldados
de mi patrulla, uno de los hombres en punta que había abierto fuego en medio de
la tempestad, se acercó al Capitán «Águila» para revelarle detalles que yo no
había visto y que desconocía por completo. En el acto, el capitán me citó a su
oficina y me espetó a quemarropa:
—“Jefe de Patrulla, dime la
verdad relacionado a los muertos de tu patrullaje.
—Yo no he visto ningún muerto,
mi capitán —respondí con serenidad.
El oficial mandó llamar a los
dos hombres en punta. Bajo interrogatorio, uno de ellos afirmó que, en medio de
la balacera y la densa neblina, llegó a divisar a dos hombres cuerpo a tierra,
en posición decúbito ventral, pero que debido a la prisa y la falta de
visibilidad no pudo certificar si estaban sin vida. La reacción de «Águila» fue
fulminante. Desatando su furia, me recriminó duramente, buscando salvar su
propia responsabilidad:
—¡No vaya a ser que me
involucres en problemas! Ya está apareciendo información de supuestos
fallecidos en tu patrullaje y tú me has dado un informe falso y por escrito.
¿Ahora qué le voy a decir al comandante del Batallón? Te lo advierto: si
realmente hay muertos allá arriba, tú verás cómo solucionas tu problema ante la
justicia civil.
La indignación me encendió la
sangre. En la guerra, los que ordenan desde los escritorios suelen limpiarse
las manos cuando las papas queman. Las órdenes de represión nacen en las altas
esferas de Lima, bajan por los Generales y llegan a los Comandantes de
Batallón, quienes como jefes de área disponen que los subalternos nos juguemos
la vida en los avatares del patrullaje. Pero en el terreno no hay tiempo para
la política: el combatiente actúa para sobrevivir, y en un enfrentamiento el
único lenguaje que garantiza la vida es el del fusil.
—¡Usted me ordenó desplazarme
con una patrulla para actuar ante un paro armado de PCP Sendero Luminoso y he
cumplido la misión! —le respondí al capitán, sosteniéndole la mirada con
firmeza—. Grupos desconocidos intentaron emboscarnos y los hombres en punta
ejecutaron disparos disuasivos dentro de la neblina. Muertos yo no he visto. Y
si los hay, el personal no ha hecho más que emplear el arma que la Nación nos
entregó para la defensa de la Democracia y el Estado de Derecho.
La discusión fue violenta, un
choque de voluntades que terminó cuando me retiré a la cuadra para hablar con
la tropa. El ambiente quedó cargado de incertidumbre hasta el día siguiente.
El 17 de marzo, a las nueve de
la mañana, ocurrió lo inesperado. Dos hombres emponchados cruzaron el umbral de
la Base Contrasubversiva de Tayabamba. Eran autoridades comunales de la zona
alta, hombres que habían estado presentes en la hondonada el 10 de marzo. Al
verlos llegar, los sargentos que habían ido en punta comenzaron a murmurar con
nerviosismo, insistiendo en que solo habían visto a dos individuos caer al
suelo en la niebla.
Sorprendido por la presencia
de los comuneros, salí a su encuentro. Esperaba reclamos, denuncias o amenazas
de juicios, pero los dos campesinos se quitaron los sombreros y, con una mezcla
de respeto y alivio en los ojos, me hablaron de frente:
—Jefe... hemos venido a
escondidas de nuestra comunidad para darte cuenta y felicitarte —me dijo el que
encabezaba el grupo—. Queremos que sepas que aquel día en la puna, dentro de la
neblina, murieron seis indeseables y dos quedaron sin manos. De esos dos, ayer
acaba de morir uno más. En total, han muerto siete senderistas.
El segundo comunero asintió,
esbozando una sonrisa parca:
—Está bien lo que hicieron,
jefe. Sobre todo, porque entre los caídos ha muerto uno que era el mando
militar de la zona; un hombre muy prepotente y muy abusivo con todos los
campesinos de las comunidades.
Me quedé mudo bajo el sol con ráfagas de vientos de
Tayabamba, contemplando a aquellos hombres que habían caminado horas solo para
estrechar la mano de la patrulla. El misterio de la puna se había aclarado. Los
disparos al tanteo en el laberinto blanco de la nevada habían dado en el
blanco, haciendo justicia por mano propia allí donde las leyes de la capital
nunca lograban llegar.
El eco de las montañas hablaron.- El eco de lo sucedido el 10 de marzo en la
puna no tardó en traspasar los muros de la base y llegar a oídos del Fiscal de
la provincia, un hombre de leyes cuyo nombre el tiempo ha borrado de mi
memoria, pero cuya firmeza quedó grabada en piedra. Al enterarse de la
presencia de los comuneros en la base militar, el magistrado mandó llamarlos.
Lejos de abrir una investigación contra la patrulla, el fiscal plantó su
autoridad frente a las supuestas autoridades campesinas y les lanzó una
advertencia que les heló la sangre:
—Señores, por su propio bien,
mejor permanezcan callados para siempre —les espetó con voz severa—. ¿Qué
hacían ustedes en plena puna deshabitada durante un paro armado ordenado por el
PCP Sendero Luminoso? ¿Por qué esperaron a la patrulla militar en ese
desfiladero? Para mí, tanto ustedes como los mandos senderistas son culpables y
cómplices por haber montado esa posición para emboscar a los soldados. ¿Sí o
no? Se los advierto de una vez: si persisten con quejas o reclamos de por
medio, los empapelo a todos por el delito de terrorismo y mañana mismo salen
custodiados con destino a los penales de Trujillo.
El peso de la ley de
emergencia desarmó el amparo de los comuneros. Aterrorizados ante la
perspectiva de ser procesados como terroristas, los campesinos rompieron en
súplicas. Juntando las manos, le juraron al fiscal que ellos eran autoridades
legítimas, que los verdaderos criminales habían llegado armados desde la selva
y que todas las comunidades habían sido arrastradas hacia las cumbres bajo el
imperio de la fuerza y la amenaza de muerte. Sin embargo, siguieron guardando
silencio sobre el propósito real de aquella masiva concentración en la
hondonada. Sin más quejas, reclamos ni papeleos, los hombres guardaron sus
ponchos y retornaron en silencio hacia la seguridad de sus caseríos.
La verdad definitiva, aquella
que disipa las brumas de la duda, no llegó a través de los canales oficiales de
inteligencia, sino por los caminos sinuosos del corazón de la tropa. En el
Instituto Pedagógico de Tayabamba estudiaban decenas de jóvenes procedentes del
campo, muchachos y muchachas que bajaban desde los caseríos de Huancaspata,
Challas, Urpay y Taurija. Varios de mis soldados mantenían relaciones amorosas
en secreto con las estudiantes de pedagogía y, conscientes del valor de la información en
zona de guerra, tenían la misión encubierta de escuchar con atención cada
murmullo del pueblo.
Una tarde de esas, una de las
estudiantes del pedagógico, vencida por la confianza y el afecto, le confesó el
secreto a uno de mis soldados:
—De a pocas se han salvado
ustedes... —le dijo en un susurro, mirando a todos lados—. Tu patrulla ya había
sido escogida para ser aniquilada. En las alturas de Huancaspata, en un lugar
estratégico y cerrado, los estaban esperando más de doscientos campesinos y
mandos senderistas para tenderles una emboscada masiva. La fuerza local de
apoyo, conformada por los campesinos de dos comunidades enteras y dirigida por
los mandos de la Fuerza Principal de Sendero Luminoso que bajaron de la selva,
tenía la orden de cerrarse sobre ustedes. Pero la patrulla se les anticipó y
les rompió el plan a balazos.
Cuando el soldado corrió a mi cuadra y me transmitió las palabras de la muchacha, sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. Aquella revelación encajó a la perfección con las piezas del rompecabezas que habíamos vivido bajo la nevada a 4,800 metros de altitud. No había sido un error, no había sido paranoia. Aquel mediodía en el laberinto blanco de la puna, el instinto de «cachaco viejo», el rugido disuasivo de los fusiles FAL de mis hombres en punta y la decisión de marchar hacia el peligro en lugar de rehuirlo, nos habían arrancado de las fauces mismas de la muerte. Nos habíamos salvado por minutos de quedar sepultados bajo la nieve en las punas de Huancaspata.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario