Los oficiales del viento y el dilema de Caupolicán.- En la década de 1970, los vientos de la puna soplaban cargados de una tensa calma diplomática. En las fronteras del sur, el mapa parecía arder. El Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada sabía que la escasez de oficiales subalternos —subtenientes, alféreces y tenientes— era un talón de Aquiles que debía subsanarse de inmediato. Para completar los cuadros orgánicos según los planes de movilización y el completamiento del personal (Coeq), el Comando del Ejército promulgó un Decreto Supremo que creó la ley de captación de oficiales de reserva, conocida bajo el críptico acrónimo de CAPOR. El objetivo estratégico era ambicioso y secreto: prepararse para la recuperación de los territorios peruanos en cautiverio, rescatar la provincia de Arica y los departamentos de Tarapacá y Antofagasta.
La captación fue un tamiz
estricto que buscó dos canteras precisas: los colegios militares y los soldados
que ya servían en la tropa. Los requisitos eran innegociables: una conducta
intachable, quinto año de secundaria concluido y una estatura mínima de un
metro setenta. Los seleccionados de todo el país viajaron a la Escuela Militar
de Chorrillos, en Lima, donde fueron sometidos a un curso acelerado e intensivo
de seis meses. Allí se les moldeó a la carrera para cumplir funciones como
jefes de sección y comandantes de patrulla. Al graduarse, aquel contingente de
jóvenes regresó a las unidades con el flamante uniforme y las insignias de
subtenientes de ingeniería, infantería o artillería.
Eran tiempos de jerarquías de
acero. Las compañías se encontraban bajo el mando de un capitán, y cada sección
dependía estrictamente de los subtenientes o tenientes. A los suboficiales no
les correspondía ejercer esos puestos de comando; su labor era netamente
técnica, concentrada en sus especialidades como zapadores, minadores,
tractoristas o lanzadores de puentes.
El 3 de enero de 1977, en
horas de la tarde, crucé las puertas del Batallón de Ingeniería de Combate
Motorizado «Huascarán» N.° 112, acantonado en el distrito de Caraz, en la
provincia de Huaylas, Áncash. Me incorporaba como un voluntario más para cumplir
con el Servicio Militar Obligatorio. Esa misma mañana, procedentes de Lima,
también habían arribado ocho flamantes subtenientes de reserva del arma de
Ingeniería. Entre ellos destacaba un rostro que me resultó perturbadoramente conocido:
el subteniente Freddy Nauchi Paz.
La historia de Nauchi
reflejaba la velocidad con la que giraba la rueda del destino en aquellos años.
Tras culminar su secundaria en el Colegio Nacional de «La Libertad» de Huaraz
en 1975, se había presentado como recluta en ese mismo batallón el 3 de enero
de 1976. Al terminar su periodo de instrucción, pasó a la Compañía Comando y
Servicios como adjunto del almacenero de armamentos, un puesto donde demostró
una disciplina y responsabilidad admirables. En junio de ese año, tras rendir
un riguroso examen y obtener el visto bueno del comandante de batallón, fue
seleccionado para viajar a Chorrillos. El 31 de diciembre se graduó como
oficial de reserva y regresó de inmediato a la guarnición de Caraz.
Cuatro días después de mi
ingreso, el 7 de enero, la realidad me dio un vuelco en el estómago. Tres
subtenientes de reserva, supervisados por el subteniente de escuela Juan
Traverso, se presentaron en el campo para iniciar la instrucción de los 180
reclutas de mi promoción. En la línea de instructores, con el bastón de mando
en la mano, estaba Freddy Nauchi Paz.
Al verlo al frente del
contingente, sentí que la cabeza me daba vueltas. «¿Qué ven mis ojos? ¿Estoy
soñando?», me pregunté en silencio. En Huaraz se rumoreaba que Nauchi aún
era un soldado raso, ¿cómo era posible que ahora portara los galones de
subteniente? Con esas interrogantes martillándome la mente, permanecí firme.
Nauchi y sus compañeros, decididos a demostrar que la prisa de su curso no
mermaba su autoridad, se mostraban implacables, estrictos y gritones. Yo, que
lo recordaba nítidamente como el gallardo abanderado de la escolta del Colegio
Nacional de «La Libertad», lo miraba ahora con una mezcla de susto y profunda
sorpresa. En todo momento cumplí sus órdenes sin un solo asomo de duda o
murmuración.
Aquel primer día, los
instructores y los monitores nos molieron el cuerpo sin piedad. La instrucción
fue de una exigencia brutal. Ante cualquier falta, desgano o distracción, la
respuesta inmediata eran las ranas, las rampas o las rotaciones sobre la tierra
seca. Los reclutas que no lograban gritar con la fuerza requerida eran
castigados comiendo polvo; y aquellos que, vencidos por el cansancio, soltaban
el pesado fusil FAL durante las carreras, recibían patadas directas mientras
permanecían inmóviles en la humillante posición de «veinte uñas».
Al mediodía, finalizada la
jornada, las compañías ingresamos al cuartel entonando marchas militares, con
los uniformes cubiertos por una densa capa de polvo y el sudor surcando
nuestros rostros. Formamos en el patio de armas y, tras recibir las indicaciones
de los oficiales, el jefe del curso ordenó romper filas.
Corrimos desesperados hacia
las cuadras para asegurar los fusiles FAL en los armeros. El aire se llenaba
con los gritos amenazantes de los sargentos monitores que nos pisaban los
talones: «¡Perros, están lentos! ¡Perros, están lentos! ¡Los tres últimos mueren!
¡Los tres últimos mueren!». En el cuartel, quedar al final de la fila es firmar
una sentencia de suplicio; nadie quería ser el último.
Aterrados, salimos disparados
de las cuadras vistiendo únicamente la ropa de deporte y regresamos corriendo
al patio. Al detenernos, los sargentos monitores arrastraron del cuello a los
tres reclutas rezagados. Con una sonrisa socarrona y la voz cargada de ironía,
les espetaron:
—Perros, por lentos van a
morir como Caupolicán. A ver, ¿alguno de ustedes sabe cómo murió Caupolicán?
Un silencio sepulcral se
apoderó de la formación. Mis compañeros de promoción, temblando bajo el sol
andino, prefirieron clavar la mirada en el suelo. Nadie respondió, atrapados
entre el miedo físico del castigo inminente y la absoluta ignorancia de la historia
que los monitores usaban como látigo en el patio de armas de Caraz.
Los «corchos» del Huascarán y el eco de las botas.- Para dar inicio a la gimnasia básica sin armas, una rutina implacable de diez repeticiones por ejercicio, los oficiales instructores se apostaron al frente de la formación luciendo sus uniformes deportivos de un blanco impecable. En contraste, sobre el cemento del patio de armas, nosotros sudábamos vistiendo el clásico atuendo verde de la tropa. Al concluir los estiramientos, las puertas del cuartel se abrieron y salimos en carrera abierta por la pista con dirección al distrito de Yungay, avanzando con paso firme hasta alcanzar el puente que cruza hacia Pueblo Libre. Fueron dieciséis kilómetros de ida y vuelta bajo el sol andino. Durante todo el trayecto, el sargento segundo Víctor Solís, un monitor al que todos apodábamos el «Mira con truco», desgarraba su garganta entonando cantos de guerra que encendían el odio fronterizo: «¡Pinochet, hijo de puta, una noche bien oscura saltaremos en Santiago, chilenitas, chilenitas comeremos; uno, dos, tres, cuatro; cuatro, tres, dos, uno! ¡Quiero bañarme, quiero bañarme en una piscina llena de sangre, sangre chilena, sangre de roto, sangre araucano, sangre miserable...!».
En aquellos turbulentos años
de la década de 1970, el cielo del Callejón de Huaylas también parecía
prepararse para el combate. De vez en cuando, procedentes de Lima, tres aviones
Mirage F5 de fabricación francesa rompían el silencio del espacio aéreo, ejecutando
audaces piruetas sobre el distrito de Pueblo Libre, justo al frente de nuestra
guarnición en Caraz. El arsenal que resguardábamos era imponente: portábamos
como armas individuales los fusiles FAL y las ametralladoras UZI, disponíamos
de la potencia colectiva de las ametralladoras MAG —todas ellas belgas y
prácticamente nuevas— y contábamos con el poder destructor de los lanzacohetes
RPG adquiridos en Rusia. Todo aquel armamento flamante había sido comprado
durante el Gobierno Revolucionario del general Juan Velasco Alvarado, listo
para una guerra que parecía inminente.
Sin embargo, las verdaderas
batallas se libraban dentro de los muros del cuartel. Los oficiales natos,
egresados de la Escuela Militar de Chorrillos, trataban a los oficiales
procedentes de la reserva como si fueran «harina de otro costal». Los miraban siempre
de reojo bajo la estricta premisa de «juntos pero no revueltos». Los
suboficiales antiguos y la propia tropa tampoco les mostraban el mismo respeto
que a los oficiales de armas. El repentino cambio de estatus de estos jóvenes,
que de la noche a la mañana habían pasado de ser simples soldados o estudiantes
de colegios militares a ostentar los galones de subteniente, desató una ola de
celos y envidias en la institución.
Las tensiones estallaron una
mañana en la guarnición de Caraz durante la Lista de Diana. El suboficial de
primera Luis Castellanos Aragonés, un veterano de cincuenta y nueve años de
edad, se plantó firme ante el comando y exclamó con profunda ofuscación:
—¡Mi comandante, yo no voy a
saludar al soldado Nauchi Paz! Ese muchacho fue mi almacenero y ahora ostenta
el grado de subteniente; un grado que le ha regalado el Comando del Ejército.
El desplante provocó graves
roces en la unidad. Como consecuencia de su desacato, el subteniente Nauchi
sancionó al veterano suboficial con dos días de arresto simple por «falta de
respeto al superior», remitiendo la papeleta de castigo hasta el Cuartel General
del Ejército en Lima para que fuera incluida en su legajo personal.
A pesar de los castigos, los
murmullos no cesaban en el Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado
«Huascarán» N.° 112. Tanto los oficiales de armas como los suboficiales
criticaban el pésimo desempeño de estos oficiales novatos, argumentando que el
grado les quedaba demasiado grande para los escasos conocimientos que habían
adquirido en su curso acelerado de seis meses. Debido a esto, en las primeras
horas del día, el mayor Torres, oficial de instrucción (S-3), solía ordenar
públicamente:
—Teniente Alberto Cordero, a
partir de la fecha usted, como oficial graduado como comando, tendrá la misión
de formar bien a los subtenientes de reserva. Estos oficiales están pésimamente
instruidos y se encuentran peor que la tropa. Quiero verlos todos los días
junto a los reclutas para que aprendan, sobre todo, el sembrado de minas y el
lanzamiento de puentes.
Entre la tropa, compuesta en
su mayoría por sargentos muy experimentados y curtidos en el servicio, los
oficiales de reserva recibieron un apodo despectivo que se extendió como la
pólvora: los «corchos», una jerga militar que sentenciaba su ineptitud.
El tiempo pasó y la rueda del
destino cobró su precio más alto. El 30 de enero de 1989, en medio de la
sangrienta lucha contrasubversiva en el departamento de Ayacucho, el entonces
teniente de reserva Freddy Nauchi Paz realizaba una estricta revista de prendas
y equipos de campaña dentro de una cuadra de la tropa. En un arranque de furia,
el oficial comenzó a golpear salvajemente a un sargento. Lleno de ira y
sintiéndose acorralado, el soldado armado cargó su fusil FAL y le disparó un
tiro directo a la cabeza. El teniente Nauchi murió en el acto, dejando una
viuda muy joven y un hijo huérfano en el distrito de Caraz.
A lo largo de mi carrera
militar tuve la oportunidad de trabajar con cientos de oficiales de reserva,
especialmente en el norte del país, prestando servicios en la Novena División
Blindada en Tumbes y en la Octava División de Infantería en Lobitos. Jamás se
borraron de mi memoria las constantes «reclutadas» e impericias que cometía el
inepto subteniente de ingeniería Antonio Anglas, a quien conocí en 1984 dentro
del Batallón de Ingeniería de Combate «Machu Picchu» N.° 211, en el distrito de
Corrales, Tumbes.
La ansiada guerra con Chile
para recuperar los territorios perdidos terminó por truncarse definitivamente
tras el ascenso al poder del general Francisco Morales Bermúdez. Al desaparecer
la urgencia del conflicto, el Ejército canceló la captación de oficiales CAPOR
en el año de 1982. Los oficiales de reserva que aún permanecían en servicio
activo fueron marginados de forma sistemática. Sin las mismas oportunidades que
los oficiales de armas para ascender al grado inmediato superior, las cuadras
comenzaron a llenarse de tenientes de treinta y cinco años y de capitanes que
arañaban los cuarenta y cinco. Solo unos cuantos lograron alcanzar el grado de
comandante —aunque jamás se les permitió ejercer la jefatura de una unidad— y
una cantidad mínima llegó a coronel, el techo máximo de sus truncadas carreras.
El capítulo final de esta
historia se escribió silenciosamente en el año 2012. Mediante una orden
definitiva, el Comando del Ejército peruano pasó a la situación de retiro por
renovación a todos los oficiales de procedencia de reserva que habían sido captados
entre 1972 y 1980. Con la firma de aquel documento, los últimos «corchos»
colgaron sus uniformes y abandonaron las guarniciones, extinguiendo para
siempre el eco de una época en que el Perú reclutó oficiales a la carrera bajo
la sombra inminente de una guerra que nunca llegó a suceder.
Conclusión: La historia de los oficiales CAPOR refleja las paradojas de una época en la que el destino de una nación se jugaba en la línea fronteriza. Aquellos jóvenes, transformados en oficiales al abrigo de la urgencia y el patriotismo, llevaron sobre sus hombros el peso de una guerra que jamás ocurrió, pero también el estigma de un sistema castrense que nunca los terminó de aceptar. Al final, más allá de los celos profesionales, las tragedias individuales como la de Nauchi Paz y el olvido burocrático de sus retiros, estos hombres formaron parte de una generación dispuesta a marchar hacia el sur, demostrando que el uniforme se defiende con el alma, incluso cuando la propia institución te considera de «harina de otro costal».
Tube la oportunidad de tener a dos senores oficiales de reserva excelentes oficiales ,muy agradesido de haber recibido instruccion de ellos.
ResponderBorrarTengo como amigo yt
ResponderBorrarTengo como amigo y vecino de toda la vida, al Cmdte. CAPOR (r) César Asalde Cáceres, de Chiclayo, y como amigo a Miguel Bejarano (lo conocí de Tnte. CAPOR) de Trujillo; ambos, excelentes personas.
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