
«La Emboscada de El Infiernillo en Ocros Ancash: El Triunfo de las Piedras sobre los Fusiles de Ocupación chilena» 26 de enero de 1883.- Entre los años 1882 y 1883, precisamente cuando la patria más requería la unión inquebrantable de todos sus hijos, se produjo una profunda fractura política. Tras el Manifiesto de Montán, proclamado el 31 de agosto de 1882 en el departamento de Cajamarca, la élite política de la zona norte del país se plegó a los intereses de Miguel Iglesias Pino de Arce. Respaldado por el alto mando chileno y por la clase dominante local, Iglesias se proclamó autoridad suprema sobre los siete departamentos del norte peruano: Piura, Cajamarca, Amazonas, Loreto, Lambayeque, La Libertad y Áncash. Posteriormente, bajo el título de «Presidente Regenerador», pasó a ocupar el Palacio de Gobierno en Lima.
En Áncash,
a contracorriente del entreguismo generalizado, la opinión de los pueblos y sus
autoridades civiles fue mayoritaria a favor de proseguir la guerra de
resistencia. En la ciudad de Huaraz, los representantes de las principales
provincias suscribieron sendas actas de compromiso, rechazando enérgicamente la
defección del grupo derrotista de Cajamarca. Por ende, Áncash se convirtió en
el único departamento norteño que se puso oficialmente al margen del gobierno
títere de Iglesias, preparándose en su lugar para sostener la resistencia
armada. No obstante, los oportunistas no tardaron en aparecer dentro de las
esferas del poder local; de este modo, la facción colaboracionista empezó a
nombrar autoridades clandestinas alineadas con los invasores.
El 1 de enero de 1883, una
autodenominada asamblea en Cajamarca ratificó al General Miguel Iglesias Pino como Presidente
Regenerador del Perú. En aquellos tiempos de claudicación, los grandes
hacendados norteños comenzaron a colaborar abiertamente con las divisiones del
Ejército de Chile. Los colaboracionistas peruanos sirvieron al enemigo
extranjero en roles logísticos y tácticos clave: actuaron como guías de ruta,
informantes, cargadores de pertrechos, acopiadores de provisiones e incluso
como combatientes integrados en el denominado «Ejército Pacificador del Perú».
Los adeptos a este régimen ocuparon las prefecturas de casi todo el norte; asimismo, las provincias fueron tomadas por subprefectos iglesistas y los distritos por gobernadores afines. Prácticamente toda la región septentrional se había rendido, destacando de forma negativa los departamentos de Piura y La Libertad (Trujillo), donde las tropas chilenas fueron agasajadas y se organizaron banquetes públicos en honor al traidor Iglesias. Como consecuencia directa de este colaboracionismo, el accionar de las guerrillas patriotas en el norte no pudo ser contundente ni agresivo, quedando reducido a valerosos pero aislados focos de resistencia, como los liderados en Chota por los coroneles José Mercedes Puga y Manuel Becerra.
En el distrito de Chiquian,
provincia de Bolognesi, al sur del departamento de Áncash, el pueblo destituyó
al subprefecto de apellido Grillo, quien permanecía leal a la facción de Miguel
Iglesias. En su lugar, asumió el mando el patriota Luis Pardo, nombrado jefe
político-militar de la zona. Conscientes de que este acto de rebeldía
provocaría la inmediata represalia del ejército chileno y de sus aliados
internos, los pobladores iniciaron de inmediato los preparativos para proseguir
la guerra de resistencia mediante la formación de columnas guerrilleras. Sin
embargo, cometieron el error táctico de no vigilar estrechamente al depuesto
Grillo; este, aprovechando la primera oportunidad, logró darse a la fuga y
sustrajo el escaso armamento de fuego que la comunidad había logrado reunir. A
pesar de este adverso contratiempo, el entusiasmo de los patriotas no decayó.
Ante la falta de fusiles, procedieron al acopio de armas primitivas fabricadas
de piedra y madera, emulando con valor a otros pueblos andinos que, con
similares pertrechos, ya habían plantado cara al invasor.
Por su parte, el distrito de Ocros y sus caseríos demostraron en todo momento un notable coraje, abnegación, sacrificio y patriotismo durante aquellos tiempos aciagos. Pese a la peligrosa cercanía de las fuerzas de ocupación —puesto que en la ciudad de Huacho se encontraba acantonada una guarnición chilena fuertemente armada—, sus pobladores no vacilaron en proclamar su condena abierta al régimen de Iglesias, quedando voluntariamente expuestos a las incursiones punitivas de los colaboracionistas. Bajo la dirección del cura párroco Matías Velásquez y del ciudadano Juan Romero, los patriotas de Ocros se adiestraron militarmente en el uso del terreno, recibiendo instrucciones precisas para combatir al enemigo mediante la táctica de la guerra de guerrillas.

Los preparativos no fueron envano.
El 26 de enero de 1883, una columna de sesenta jinetes chilenos incursionó en
el distrito de Ocros, exigiendo un cupo de doscientas reses y fijando un plazo
perentorio de veinticuatro horas para su entrega; bajo la amenaza de incendiar
el pueblo si no se cumplía con lo exigido.
Ante tales circunstancias y
siguiendo un plan fríamente premeditado, los pobladores fingieron sumisión
total frente a los requerimientos de los militares extranjeros. Era imperativo
que el enemigo se confiara para poder sorprenderlo, ya que los veinticinco
guerrilleros locales, precariamente armados, tendrían que hacer lo imposible
para inclinar la balanza a su favor en un enfrentamiento directo. Así, mientras
las tropas de ocupación se creían dueñas de la situación, los patriotas se
posicionaron al acecho en las alturas de la quebrada conocida como El
Infiernillo, un paso obligado en la ruta hacia la costa.
Vencido el plazo, los
pobladores solo pudieron reunir y entregar ciento sesenta reses. En represalia,
el jefe chileno ordenó el saqueo a discreción del pueblo; la iglesia matriz fue
vandalizada y se sustrajeron las joyas de oro de la Virgen. Finalmente, en la
mañana del 28 de enero, arriando el ganado y cargando con los objetos robados,
los invasores emprendieron el regreso hacia la ciudad de Huacho con total
tranquilidad.
Mientras tanto, el número de
patriotas emboscados en los desfiladeros de El Infiernillo había aumentado
significativamente gracias a la llegada de campesinos de diversos caseríos,
todos dispuestos a combatir. Una vez apostados en sus posiciones y tras jurar
defender el suelo patrio, divisaron al enemigo aproximarse. Fue entonces cuando
se desató un recio combate que culminó con el triunfo absoluto de las fuerzas
nacionales y la derrota del invasor, el cual dejó como escarmiento en los
acantilados de la quebrada a ocho soldados muertos, abandonando además todo el
ganado y el botín sustraído. De no haber sido por la severa escasez de armas y
municiones, con seguridad la columna chilena habría sido exterminada en su
totalidad. En aquel memorable combate del 28 de enero de 1883, las fuerzas
patriotas no sufrieron una sola baja ni herido.
Tras recibir la información
del suceso, el jefe político-militar Luis Pardo dio parte inmediato al prefecto
de Áncash, coronel Luis Bueno Guzmán. En su informe, describió el elevado
estado de ánimo de los combatientes tras la victoria y, al mismo tiempo,
solicitó con urgencia el envío de armas de fuego ante la inminente y feroz
represalia del mando chileno.
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